En todas las tribus hay personajes cismáticos, miembros que deciden escindirse, crear una senda nueva, propia, disidente. No todas las almas nacen para seguir directrices sin cuestionárselas. El amor es escurridizo y se escapa de todas las forzadas prisiones y esa fue la razón que empujó a Americio, a romper con aquella esclava clausura de servilismo y clandestinidad.
Americio, nació en Bacalar. Su padre era maestro y un visionario, puso a sus tres hijos nombres de elementos químicos de la tabla periódica, elementos que se caracterizaban por su nociva radioactividad.
Doña Amparo San Fernando Iturralde, la madre de Americio, siempre fue un cero a la izquierda en el binomio que era aquel pactado matrimonio, aquel matrimonio que buscaba ascenso social y unir las tierras a los dos lados de la barranquera de Diego el Mulato, donde las dos familias, la de Amparo y la de Don Porfirio Pajarón, cultivaban el palo del tinte, para extraer la hematoxilina.
El primero en nacer fue Tecnecio, tras él, nació Prometio y el ultimo y menor fue Americio. Tres varones nacidos con el intervalo de un año entre cada uno de ellos, tres embarazos seguidos. Tras nacer Americio, Amparito, no volvió a quedarse en cinta nunca más.
Porfirio era un maestro de escuela severo, parco y visionario, quería y ansiaba una preeminencia que su nacimiento y formación le negaban, y en esa búsqueda de ascenso involucro su casamiento y a los peones de sus hijos, a los que desde la cuna, y con la oposición de don Cesáreo, el cura de Bacalar, de la parroquia de San Felipe, marco y señalo con aquellos nombres a los que tuvo que anteponer un nombre cristiano y que solo figuro en la partida bautismal.
Urbano Americio, nació en la casa de la finca donde pasaban los veranos, casa donde nunca dejo de vivir Rosita Iturralde, la enjuta madre de Amparito. Era una casa modesta, con tejados de chapa rojiza, como el color de la resina del palo del tinte. Allí no llegaba el olor a salitre que impregnaba el pueblo y las orillas de la laguna de Bacalar. Allí el aire era menos húmedo.
Urbano San Fernando Tacorón, nació y murió, entre aquellas cuatro paredes y fue enterrado al lado de la barraquera entre palos de Campeche. Urbano, el abuelo materno de Americio, fue quien organizó el casamiento con los Pajarón. El otro lado del barranco era de ellos, los Pajarón y ascender era sumar, y juntar las fincas era prosperar y salir de aquel bucle de irredenta necesidad, bucle del que era imposible salir.
Dos familias sin emociones, con el norte de la practicidad, de la supeditación a aquella tierra roja como el hierro, como el tinte, como el tejado de chapa, como la sangre de las heridas del sacrificio.
Tres era el número que marcaba a las dos castas, a aquellas tribus aferradas a la leguminosa que producía la hematoxilina. Tres hijos tenían los Pajarón Torrijos, y tres hijos los San Fernando Iturralde. Y las dos familias de esos tres, sacrificaron o condenaron a dos a las soltería, a una servil y forzada soltería, mano de obra abnegada y fiel, sudor que contribuiría a acumular y a no dispersar el legado de aquellas tierras rojas sudadas con sangre de estirpe de someras miras.
Nació Americio al amanecer, a las seis de la mañana del miércoles once de diciembre de 1949 comenzaron los dolores de parto y a las siete ya estaba viendo la luz de aquel mundo llamado a ser su cárcel y su inoculada obsesión. Amparo fue asistida por Petrita, su hermana mayor y por la partera Teresa Chapula, que estaba en la casa desde el día anterior.
Nada más nacer Americio, y tras corta el cordón umbilical, Teresa Chapula salió de la casa corriendo al gallinero, cogió un huevo blanco de un ponedero y lo llevó a la cocina. Entre aspavientos y tras santiguarse tres veces y hacer una cruz al huevo con el dedo mojado en aceite, lo casco en un tazón blanco con agua y sal. Tras romper el huevo sobre el agua se volvió a santiguar tres veces y rezó entre dientes un avemaría. La yema se fue pesada al fondo del tazón rodeada de una clara blanquecina y crispada como un mar de tormenta que se vuelve espuma al romper contra las olas. Teresa vio claro que aquel niño no era un niño normal, que aquella espuma traía tormentos y tormentas en el alma de aquel recién nacido.
Cuando la Chapula volvió a la habitación, el niño estaba ya limpio y arropadito en los brazos de su madre. Era un niño sano, grande, cabezón.
Los Pajarón sacrificaron mucho para que estudiara magisterio su hijo Porfirio, pero era necesario ese sacrificio para poder ascender en aquel pequeño cosmos de inmovilismo que era Bacalar. El palo del tinte daba para sobrevivir, para mantener lo logrado, por eso se planificaba la vida de los hijos para que esta fuera un pequeño paso en la carrera de fondo que era perseguir un futuro mejor.
Porfirio Tomás o como lo llamaba su madre, Porito, era el mayor de tres hermanos, Juan German era el segundo y el siguiente y pequeño era Nicodemo Isaac. Tres varones, tres mulas de carga, tres dóciles hijos que obedecían sin rechistar a su padre.
El lado de la barranquera del mulato donde estaba la casa de los Pajarón, era el de umbría, aunque en aquella latitud y con el mar atemperando el clima, poca diferencia había entre una ladera del barranco y la otra, salvo que la casa de los Pajarón recibían el sol por la tarde y la de los San Fernando lo recibía por las mañanas. Cara y cruz de un destino entrelazado, cara y cruz de una misma moneda que había decidido perseguir el éxito como un imbricado tándem.
Porfirio curso magisterio en Chetumal. Tres años estuvo allí viviendo en una barata pensión de la calle Príncipe, tres años discretos, abnegados, tres años centrado en ser el dócil peón que quería su padre. Cuando termino y volvió a Bacalar, paso un año al servicio de don Pío Barona, el maestro que le enseño a él y a sus hermanos, a leer, a contar, a fantasear con la historia, de Roma, de Méjico, de España.

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