viernes, 19 de diciembre de 2025

Los ojos siempre ven

 


"La memoria olvida lo que los ojos ven, pero los ojos no dejan de ver aunque la memoria olvide." 

        Irsia Carolain Sprimbol

Charcos


Corren mis perros 
por los charcos, 
ignoran la tristeza 
que hace llorar al cielo.

Lluvias desordenadas 
por los pesares 
y la claridad esquiva. 

Mi mano acaricia 
el frio mármol,
sobre el que está 
mi humeante café.

Roza la Navidad las brasas 
de los rescoldos de un hogar 
que se desvanece por las ausencias.

Calles vacías, 
de pueblos vacíos, 
que brillan 
con tanta humedad.  

jueves, 18 de diciembre de 2025

Americio

 


En todas las tribus hay personajes cismáticos, miembros que deciden escindirse, crear una senda nueva, propia, disidente. No todas las almas nacen para seguir directrices sin cuestionárselas. El amor es escurridizo y se escapa de todas las forzadas prisiones y esa fue la razón que empujó a Americio, a romper con aquella esclava clausura de servilismo y clandestinidad. 

Americio, nació en Bacalar. Su padre era maestro y  un visionario, puso a sus tres hijos nombres de elementos químicos de la tabla periódica, elementos que se caracterizaban por su nociva radioactividad.

Doña Amparo San Fernando Iturralde, la madre de Americio, siempre fue un cero a la izquierda en el binomio que era aquel pactado matrimonio, aquel matrimonio que buscaba ascenso social y unir las tierras a los dos lados de la barranquera de Diego el Mulato, donde las dos familias, la de Amparo y la de Don Porfirio Pajarón, cultivaban el palo del tinte, para extraer la hematoxilina. 

El primero en nacer fue Tecnecio, tras él, nació Prometio y el ultimo y menor fue Americio. Tres varones nacidos con el intervalo de un año entre cada uno de ellos, tres embarazos seguidos. Tras nacer Americio, Amparito, no volvió a quedarse en cinta nunca más.

Porfirio era un maestro de escuela severo, parco y visionario, quería y ansiaba una preeminencia que su nacimiento y formación le negaban, y en esa búsqueda de ascenso involucro su casamiento y a los peones de sus hijos, a los que desde la cuna, y con la oposición de don Cesáreo, el cura de Bacalar, de la parroquia de San Felipe, marco y señalo con aquellos nombres a los que tuvo que anteponer un nombre cristiano y que solo figuro en la partida bautismal.

Urbano Americio, nació en la casa de la finca donde pasaban los veranos, casa donde nunca dejo de vivir Rosita Iturralde, la enjuta madre de Amparito. Era una casa modesta, con tejados de chapa rojiza, como el color de la resina del palo del tinte. Allí no llegaba el olor a salitre que impregnaba el pueblo y las orillas de la laguna de Bacalar. Allí el aire era menos húmedo. 

Urbano San Fernando Tacorón, nació y murió, entre aquellas cuatro paredes y fue enterrado al lado de la barraquera entre palos de Campeche. Urbano, el abuelo materno de Americio, fue quien organizó el casamiento con los Pajarón. El otro lado del barranco era de ellos, los Pajarón y ascender era sumar, y juntar las fincas era prosperar y salir de aquel bucle de irredenta necesidad, bucle del que era imposible salir.

Dos familias sin emociones, con el norte de la practicidad, de la supeditación a aquella tierra roja como el hierro, como el tinte, como el tejado de chapa, como la sangre de las heridas del sacrificio. 

Tres era el número que marcaba a las dos castas, a aquellas tribus aferradas a la leguminosa que producía la hematoxilina. Tres hijos tenían los Pajarón Torrijos, y tres hijos los San Fernando Iturralde. Y las dos familias de esos tres, sacrificaron o condenaron a dos a las soltería, a una servil y forzada soltería, mano de obra abnegada y fiel, sudor que contribuiría a acumular y a no dispersar el legado de aquellas tierras rojas sudadas con sangre de estirpe de someras miras.

Nació Americio al amanecer, a las seis de la mañana del miércoles once de diciembre de 1949 comenzaron los dolores de parto y a las siete ya estaba viendo la luz de aquel mundo llamado a ser su cárcel y su inoculada obsesión. Amparo fue asistida por Petrita, su hermana mayor y por la partera Teresa Chapula, que estaba en la casa desde el día anterior. 

Nada más nacer Americio, y tras corta el cordón umbilical, Teresa Chapula salió de la casa corriendo al gallinero, cogió un huevo blanco de un ponedero y lo llevó a la cocina. Entre aspavientos y tras santiguarse tres veces y hacer una cruz al huevo con el dedo mojado en aceite, lo casco en un tazón blanco con agua y sal. Tras romper el huevo sobre el agua se volvió a santiguar tres veces y rezó entre dientes un avemaría. La yema se fue pesada al fondo del tazón rodeada de una clara blanquecina y crispada como un mar de tormenta que se vuelve espuma al romper contra las olas. Teresa vio claro que aquel niño no era un niño normal, que aquella espuma traía tormentos y tormentas en el alma de aquel recién nacido. 

Cuando la Chapula volvió a la habitación, el niño estaba ya limpio y arropadito en los brazos de su madre. Era un niño sano, grande, cabezón. 

Los Pajarón sacrificaron mucho para que estudiara magisterio su hijo Porfirio, pero era necesario ese sacrificio para poder ascender en aquel pequeño cosmos de inmovilismo que era Bacalar. El palo del tinte daba para sobrevivir, para mantener lo logrado, por eso se planificaba la vida de los hijos para que esta fuera un pequeño paso en la carrera de fondo que era perseguir un futuro mejor.

Porfirio Tomás o como lo llamaba su madre, Porito, era el mayor de tres hermanos, Juan German era el segundo y el siguiente y pequeño era Nicodemo Isaac. Tres varones, tres mulas de carga, tres dóciles hijos que obedecían sin rechistar a su padre. 

El lado de la barranquera del mulato donde estaba la casa de los Pajarón, era el de umbría, aunque en aquella latitud y con el mar atemperando el clima, poca diferencia había entre una ladera del barranco y la otra, salvo que la casa de los Pajarón recibían el sol por la tarde y la de los San Fernando lo recibía por las mañanas. Cara y cruz de un destino entrelazado, cara y cruz de una misma moneda que había decidido perseguir el éxito como un imbricado tándem.

Porfirio curso magisterio en Chetumal. Tres años estuvo allí  viviendo en una barata pensión de la calle Príncipe, tres años discretos, abnegados, tres años centrado en ser el dócil peón que quería su padre. Cuando termino y volvió a Bacalar, paso un año al servicio de don Pío Barona, el maestro que le enseño a él y a sus hermanos, a leer, a contar, a fantasear con la historia, de Roma, de Méjico, de España.    

      





 

Zurcidos calcetines


Se estrella el fulgor sin dobleces 
contra el remedo constante, 
zurcidos calcetines que ya 
no dan el lozano calor, 
y buscan una vida nueva 
que ya se esfumó. 
Tiempos de apariencias, 
de costuras que tensan lo ajado, 
pero sin poder engañar 
a la arena del despiadado reloj. 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Decepción


Nada aniquila tanto, 
como la decepción 
de sentir,
como el necio 
muerde la mano 
con la que tú 
lo acaricias.

viernes, 12 de diciembre de 2025

El deslumbrante engaño.


Me desespera la simpatía, 
esa docilidad que despliega 
quién siempre miente.  

No deseo halagos, 
prefiero la aspereza 
de la verdad no domada.

El tiempo orina la farsa, 
como el tiempo 
orina la pacotilla.

El engaño deslumbra, 
pero en ese fulgor 
no hay elegancia.

Ametrallaría al hipócrita, 
sin sentir ninguna culpa.

No hay nada tan exasperante 
como ver cómo ocupa 
las primeras filas 
quien sin talento 
tiene el éxito 
que alcanzaron sus alharacas.

Lo que queremos ver y oír, 
la verdad que el truan 
no quiere reflejar.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Debo olvidar


El que decide no creer en Dios, no soporta su ira. No sé qué debo saber, qué debo ignorar, qué debo olvidar.

viernes, 25 de julio de 2025

Convulsionamos


Convulsionamos al ritmo de la última tendencia, nos rendimos al deseo voraz y desinhibido, pensando que el mañana no existe.

Rodamos en trance bajo las luces estroboscópicas, bajo la mirada indiferente de nuestros objetos de deseo.

Buscamos una victoria que el alcohol se encargará de rebajar, meta que muta según cursa la noche.

Tiempos de promiscuos, de horas febriles, de rastreras batallas y orinada pacotilla. Nada brilla por casualidad en este mercadillo de oportunistas y oportunidades.


viernes, 31 de mayo de 2024

Las ansias abrasan la entrepierna y el vicio vuelve para hacer la nao encallar.
Con sigilo cursa el sombrío desafuero y meandrinosa es la trayectoria de ese indómito placer.

lunes, 22 de abril de 2024

Reverendísimo Señor Obispo


No hay nada peor que encastillarse, encerrarse en los cuarteles de la pompa y el botado, oler a perfume caro y lucir la ridícula mueca de una solterona; así lo dice y critica el Papa Francisco, curia ebria de vanagloria que sólo sabe hablar de repostería, mantelitos bordados por las primorosas manos de las monjas y apedrear a los decentes con las taras y vicios propios, con las calenturas nocturnas que les sobresaltan y que aplacan yendo a la despensa en mitad de la noche a comer magdalenas. 

El Reverendísimo Señor, Pietro Neto y Brillante de Porro, era la relamida estampa de todo lo criticado por el Santo Padre, una cincuentona con papada, de cutis tirante y mueca espantada, con el aire bobalicon de una añosa despelleja corderos que cree que el alba blanca tapa todas sus inmundicias. Que alejada de la fe estaba él y toda la corte de su satrapía, reino de antojos y de tardes de calceta. 

Don Pietro, dejaba pasar los días escuchando con orejas de asno y sentado en su catedra, a los celos y a las envidia, consejeras típicas en los salones de la preeminencia. No llega lejos quien más trabaja, sino quien más difama y más se arrastra.

Dios a ninguno de estos necios le dio potestad para condenar, si se la dio para perdonar y acoger, para abrir las puertas del templo a todos aquellos que buscaban curarse, paro todos aquellos que reconocían sus faltas y decidían enmendarlas. La iglesia ya no es casa que sigue las normas de Dios, sino lupanar lleno de normas de hombres, normas discriminatorias que crean zonación, que crean una extraña jerarquía de hipócritas,  de sepulcros blanqueados de bordadas casullas. 

Don Pietro en sus largas noches no podía evitar tener el pensamiento donde tengo ahora la mano yo, tener el pensamiento en mi mano que se desliza sobre mi miembro buscando el placer, placer negado que la solterona compensaba engullendo magdalenas. Uvas maduras y suculentas que denostaba, al no poder alcanzarlas, drama de patética y sebosa zorra. Tras el atracón llegaba el sueño, pero no el descanso, porque la obsesión volvía a arar lo ya arado, volvía a anidar en su cabecita, pero ahora de modo más claro y vívido, ese es el poder del pecaminoso anhelo, martirizar sin tregua.

Yo jamás complací su lujuria, por eso su inquina, por eso él, recibía en las sala del palacio episcopal de modo recurrente a los celos y a la envidia, por eso sus orejas de asno escuchaban enjoyadas calumnias, historias sin pruebas que buscaban mi ruina y desprestigio, por eso siempre desee que cuando en la consagración alzaba el cuerpo de Jesús, la hostia le ardiera en las manos y derritiera su careta de blanca cera y surgiera su rostro de hipócrita y acicalada vieja.